Secuencia elegida:
Alguien anota en su agenda absolutamente todo lo que tiene que hacer. La pierde. Enloquece y decide internarse en una clinica psiquiátrica.
El rigor de la rutina
12 de abril
Ahora, transcurridos dos meses -según me dijo el que va de blanco-, de los que verdaderamente mucho no me acuerdo, quiero contar como llegué a este lugar.
Todos los lunes, a las nueve de la mañana, solía tener una reunión laboral en la que, junto a la presidenta, planificábamos las actividades de la semana.
Trabajé, durante veinte años, como secretaria de la Casa Rosada. Es por esto, que llevo cuenta de las horas, minutos y hasta cada uno de los segundos que pasan. Pero el día en el que mi mente colapsó, llegué a la reunión con 45 minutos de retraso -ya te comenté lo significativos que son los minutos en mi vida-.
Me gustaría poder seguir escribiendo, pero hace dos minutos y medio que “el de blanco” me dijo que se terminó el tiempo. Le hago caso. Tengo mis razones.
13 de abril
Me gustaría poder contarte que pasó, de una sola vez, pero solo tengo tiempo para esto una vez al día, a las 18 hs y por media hora.
No logro recordar si había dormido la noche anterior. Si lo hice, no fue más que un descanso de varios minutos. Luego salir de tu casa un tanto mareada -admito que 3 copas de vino para alguien que no acostumbra a tomar, es mucho-, me subí al Taxi y a partir de ahí todo se vuelve más difuso en mi memoria. Mi próximo recuerdo es del lunes a las siete de la mañana, parada en el medio del living de casa, con todos los libros tirados en el suelo, las lámparas destrozadas contra las paredes y unos cuantos blisters vacíos en la pileta del baño.
Podría perder el celular, quedarme sin dinero, pasar hambre y frío, y soportar unas cuantas cosas más. Lo que no podría perder es mi agenda. Ésta funciona como una extensión de mi cabeza.
“El de blanco” me esta amenazando otra vez con “el castigo”, mañana sigo.
14 de abril
Todas las rutinas que sigo en mi vida son muy importantes para poder sostener una profesión tan demandante como la mía: todos los días, a las 6:05 hs, me levanto teniendo mucho cuidado de apoyar primero el pie derecho; antes de desperezarme, mi cama ya se encuentra lista, ni una arruga en las frazadas; dos cucharadas y media de azúcar en una taza de un poco
más de la mitad de café y el resto leche; me pego una ducha y con mucho cuidado me visto para no repetir ninguna prenda; a las 6:50 hs reviso con detenimiento mi agenda; y a las 7:00 hs estoy en la calle.
Hago un esfuerzo enorme por recordar qué pasó esa noche, pero la realidad es que me cuesta mucho. “El de blanco” me sigue dando esa medicación para curar mi enfermedad, pero la realidad es que el único efecto que hace es darme muchísimo sueño. De todas maneras, no hay mucho para hacer entre estas cuatro paredes blancas sin un solo cuadro y con un crucifijo sobre la puerta.
Pasaron los treinta minutos.
15 de abril
Los primeros días en este lugar se me hicieron muy difíciles, primero por los nebulosos recuerdos que tengo de ellos, y luego porque la ausencia de un reloj en mi cuarto me llevo a recibir “el castigo” tres veces en una semana -creo-. Según me dijeron un tiempo después, destrocé la cama y casi me parto el cráneo cuando me estrellé la cabeza contra la pared.
Día a día me las ingenio para saber la hora. Aquí nadie dispone de relojes, pero mi esencia me lleva a necesitar ubicarme en tiempo y espacio. Mis cálculos son aproximados. A veces también recurro a mirar el cielo y guiarme por la posición del sol. Por suerte, este lugar tiene unas rutinas muy establecidas a las cuales me pude ir acostumbrando.
A las ocho de la mañana me sirven el desayuno, nunca demoro más de quince minutos en terminarlo, así que es por esto que entre las 8:15 hs y las 8:20 hs recibo la primer visita del hombre “de blanco”. Luego me llevan a caminar por el jardín durante una hora y media, con lo cual alrededor de las 10 hs estoy nuevamente en mi cuarto, a las 10:15 hs viene un hombre con bigotes a hacerme unas cuantas preguntas sobre cómo me siento ese día y algunas cosas más; y para las 10:45 hs -lo sé con exactitud, porque el de bigotes lleva siempre un reloj en su muñeca- me trasladan a la cocina para preparar el almuerzo, el cual a las 12:00 hs se encuentra listo.
Esta última actividad -en apariencia recreativa- es rotativa. Un mes estoy a cargo de la cocina, el otro de la limpieza. Vos sabes perfectamente que en estas áreas soy un desastre.
A las 12:45 hs me trasladan nuevamente a mi cuarto, recibo la nueva dosis, y me dispongo a dormir hasta las 16 hs. A eso de las 16.30 hs, entra sigilosamente a mi habitación, con su habitual sonrisa, el hombre de blanco. A veces pienso que él no tiene la culpa, es un simple mensajero. Pero, ¿qué mensaje me quieren dar acá?. En sus manos sostiene la bandeja y sobre ella hay un tazón con cereales y leche. La cuchara es de plástico, como el resto de los utensilios que disponemos. Escuché por los pasillos que es para que no nos dañemos a nosotros mismos. Atrás
quedaron mis almuerzos y cenas con vajilla importada. ¡Qué desgracia!.
En este lugar me dicen cuándo y cómo hacer todo. Antes era la dueña de mi propia vida, ahora me convertí en un ser inútil y dominado. Al menos son estrictos con los horarios, eso me relaja. Por primera vez en la vida no estoy estresada. Mi mayor preocupación es saber si va a llover o salir el sol.
No esta tan mal este lugar, después de todo.
16 de abril
A las 17.30 hs nos reunimos todos en el salón de usos múltiples, en donde cada día nos espera una actividad diferente. La única que detesto es esa de pintar unos dibujos -mandalas creo que le dicen-. Tienen algo que ver con la espiritualidad, lo que para mí es insignificante ya que
nunca creí en esas cosas.
Con Mirta, la coordinadora de las actividades, tengo una buena relación, por eso es que te puedo escribir un rato.
Para las 20 hs ya estamos cenando, como cuando era pequeña. Luego, cuando me
independicé, rara vez lo hice antes de las 22 hs. Después de todo, este cambio de hábito tiene su lado positivo.
Mi día termina a las 22.30 hs, luego de tomar té y jugar a la generala en la sala -siempre gano-. Esto me recuerda a los veranos en la costa, cuando los días de lluvia no nos permitían ir a la playa. Esas tardes solían ser divertidas, a pesar del día gris. Eran tiempos felices.
Lo que pasó aquel lunes a la madrugada, no lo recuerdo y no creo que lo haga. La única certeza que tengo es que mientras siga manteniendo esta rutina voy a poder mantener mi mente en equilibrio.
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